domingo, 10 de diciembre de 2017

Amantes de mis cuentos: ¡Ah, del Castillo!


Castillo de Peyrepertuse
Foto: Ángeles Alonso Más 

Érase una vez un castillo cátaro del siglo XI al que llamaban Perapertusa que significa piedra taladrada.

Foto Ángeles Alonso Más
Romanos, condes, cruzados, franceses fueron labrando un camino, hasta edificar un castillo en la parte oriental y más baja de la cresta, con su capilla a Santa María, se les hizo pequeño y construyeron otro al norte, en lo alto de la cresta, una fortaleza dentro de otra, con sus torres de homenaje, así estarían más seguros; la subida por una escalera de acceso llamada de San Luis con sesenta peldaños tallados en la roca, se encuentra al borde de un impresionante precipicio; otra capilla elevaron: la de Sant Jordi; así trabajando, defendiendo ese bastión de la frontera sur del reino francés, rezando, durmiendo y amando fue transcurriendo el tiempo...

Escalera de San Luis
Foto: Ángeles Alonso Más

Su recio peñasco puede hablar de las montañas de Corbières; de su altitud a ochocientos metros sobre el nivel del mar; de su posición estratégica desde donde vigilaban valles, puertos de montaña y se comunicaba por medio de señales con el castillo de Quéribus; de que en 1162 esta fortaleza perteneció al condado de Barcelona; que en 1240 el castillo pasó a ser posesión real francesa por el Tratado de Corbeil; y que a mediados del siglo XIV Carlos V de Francia, en plan amiguete, permitió a Enrique de Trastámara refugiarse en este castillo tras su derrota en la batalla de Nájera.

Tras muchos años de silencio, en la primera mitad del siglo XXI, estas hermosas piedras algo amodorradas se miraban unas a otras, sacudiéndose las moscas que les rondaban, pero… Una mañana, ¡De pronto!, vieron llegar a un grupo de dieciséis personas armadas con paraguas, mochilas, botellas de agua, bastones… y expectantes las piedras se preguntaban qué nueva guerra se avecinaba. En la retaguardia habían quedado un hombre y cuatro mujeres con la misión de espiar a los habitantes del pueblo. A la vanguardia un hombre de pelo cano que, por su porte, pensaron fuera el general en jefe.

Foto: Ángeles Alonso Más

Las armas que portaban parecían menos agresivas que el ruido de sus palabras. Era un murmullo atronador difícil de entender a esa distancia y se abrazaron entre ellas para que no quedara resquicio por donde pudiera colarse el enemigo.

En el arco de la puerta noble se apoyó el hipotético general.

-¡Pedro! Llamó una voz de mujer-

¡Anda! Se llama como nosotras cuchichearon las rocas.

-¡Ánimo Neme! Ya queda poco.

El resto de combatientes al oír aquellas palabras gritaron: ¡Hurra! ¡Hemos llegado!

Y en el lienzo de muralla un agudo silbido recorrió el recinto para anunciarse unas a otras.

-Han vuelto los vecinos. Ayer aragoneses, hoy españoles. Son gente de bien aunque algo alborotadores.


Panorámica del Castillo de Peyrepertuse
Foto: Ángeles Alonso Más




© Marieta Alonso Más

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Amantes de mis cuentos: Sin amigos



Trampa era la atracción principal del circo que visitaba aquel pueblo cada año. No estaba contento con la vida que llevaba. Su domador le trataba bien, pero él se pasaba el día renegando por estar encerrado en aquella jaula pestilente y ansiaba su libertad. Un día en que le trajo comida, en vez de camelarle para que huyeran los dos juntos, actuó a lo bruto y en un descuido le arrancó la mano. En medio de la confusión creada se fue a recorrer mundo.
Encontró a unos animales que tenían unos pies redondos y un cuerpo de lata. Hacían demasiado ruido. Se separó de ellos y se adentró en la selva. Tantos años en el circo no pasaron en balde y se dio cuenta que le gustaba estar acompañado. La soledad no estaba hecha para él. 
Apareció un zorro y le preguntó si quería ser su amigo. Le dijo que sí y le vendió una bolsita que contenía un polvo blanco. Lo probó y le gustó. Sintió tal euforia que siguió andando y esnifando. Estuvo a punto de morir. Gracias a una familia de monos se pudo desintoxicar. Pero un día en que celebraban una boda, le incitaron a beber alcohol y estuvo bailando salsa toda la noche. A la mañana siguiente tenía un horrible dolor de cabeza que le hizo sacar a la superficie todo lo fiero que tenía dentro. Los monos al primer zarpazo espabilaron y corrieron como alma llevada por el diablo.
Trampa se quedó de nuevo en soledad y se echó a dormir. No supo cuánto tiempo estuvo tumbado pero cuando logró levantarse sentía tal hambre que tuvo que buscar algo de comer y fue cuando echó de menos a quien le cuidaba. Se quejó de su mala suerte. Su amigo bien podía haberse venido con él. No se acordó de la mano cercenada.
Siguió vagando. En su deambular se encontró una hembra de su especie que le llevó a la manada. Eran treinta leonas que necesitaban un macho. Fue tanta la actividad y la agresividad que desplegó para reproducirse que las hembras se fueron dispersando una a una. Hasta un león viejo que se le ocurrió acercarse por allí se llevó su parte. Agotado se quedó. Sus patas eran incapaces de levantarse. Llegó a pensar que la libertad tenía muchos riesgos. Su vida era más apacible entre rejas, aunque le hicieran trabajar.

Sus nuevos amigos le abandonaban a poco de conocerle. Eran unos egoístas. Logró ponerse en pie pero estaba tan débil que se bamboleaba. A los pocos días el hambre le acució de tal manera que supo que sus fuerzas se habían quedado en el camino. 


© Marieta Alonso Más

domingo, 3 de diciembre de 2017

Amantes de mis cuentos: Tormenta interior



Monumento al ángel caído
Parque del Retiro de Madrid
Las nubes oscuras en vez de correr se quedaron petrificadas. Desde su altura, Lucifer me observaba con sorna. Imposible. Su cabeza está hacia arriba. Volví a atisbar. Pues sí. Me cambié de lugar. Me siguió con la mirada. Solo a mí. No hacía caso al grupo de la tercera edad que escuchábamos con atención lo que contaba nuestra guía. Una estatua no puede tomarla con uno… ¿Verdad? Ahora sonríe. La examiné de arriba abajo con desprecio y descargó un chaparrón del que fui la única víctima. El resto se había alejado para contemplar el monumento desde otra perspectiva, y no se mojaron.
 
Carla, la guía, una chica joven y guapa, cariñosa con los vejestorios, en ese momento comentaba que era de bronce y que su autor era un tal Ricardo no sé cuántos. Volví a mirar al ángel caído, ahora estaba con la boca abierta. No podía apartar los ojos de él y me puse a dar vueltas alrededor de la fuente. No vi un clavo en su bordillo y caí de bruces. Los del grupo me ayudaron a levantar. Ningún hueso roto. El bastón había atenuado el golpe. Fue una suerte.

Mejor no fisgo a ese ángel perturbador. Así que pongo atención a lo que la guía nos explica. En ese momento, hablaba del pedestal que fue hecho por un arquitecto del que no pillé el nombre. ¡Qué aburrimiento! Hago estas visitas para no quedarme solo en casa. Casi me dormía de pie cuando la oí comentar que el dichoso clavo, con el que había tropezado, marca en ese punto la altura sobre el nivel del mar: 666. ¡El número de la bestia!

Espabilé. Estaba con la barbilla pegada al pecho y las manos en mi bastón. Debo estar algo teniente del oído porque alguien mencionó los gremlins, esos monstruos, a los pies del pedestal.

Una mano invisible hizo que levantara los ojos hacia el ángel. ¡Santo Dios! Si tiene la cara de mi abuelo, el que llegó hasta los ciento tres años dando guerra, el que día a día me exhibía por la calle de  Alfonso XII. Su profesión fue la de ceramista y trabajó en la China, no el país, no, eso queda muy lejos, sino en lo que fue la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, aquí en Madrid. Carla acaba de ilustrarnos que este terreno fue ocupado por la antigua Fábrica.

Abuelo, ¿Qué haces allá arriba? ¿Eres amigo de éste? Haz el favor de no juntarte con gente de mal vivir.

La cara del ángel tiene un gesto que mejor no describo y susurra algo. Las serpientes han comenzado a moverse.

El rostro de mi querido abuelo se hace visible. Me aconseja que vuelva a casa, me acueste en la cama, me tape con la manta de la cabeza a los pies. La tormenta me ha trastornado. Y con voz cascada me advierte:

A Lucifer, bello y sabio a quien la soberbia hizo caer, es mejor no irritarle. ¡Anda vete!


© Marieta Alonso Más

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Amantes de mis cuentos: Libra



Sé que mi Joaquín ama comunicarse y entablar relaciones con otras personas. Para eso es Libra ¿no? Aunque eso no quita para sentirme muy preocupada, pues desde hace quince días me cuenta que este mes:

Los lunes se va a ir a jugar al mus con los amigos del pueblo.
Los martes tiene que asistir a un cumpleaños con sus amigas de la infancia.
Los miércoles tiene el compromiso de ir al cine con sus amigas del Instituto.
Los jueves no le queda más remedio que asistir a un  concierto con sus amigas de la Universidad.
Los viernes ha quedado para ir de copas con sus amigas del trabajo.
Los sábados debe ir a jugar al fútbol con sus amigos de la Peña
Los domingos va a comer con su mamá.

No es que quiera ser absorbente pero… ayer mi mejor amiga me vino a poner sobre aviso de que ha entablado amistad con una tal Claudia, que tiene fama de devoradora de hombres, pero ¡Tranquila! A esa los hombres solo le duran un mes.

No es que yo, su novia de toda la vida, esté celosa, lo que estoy es en la disyuntiva de si esperar -total solo queda una quincena- buscarme un entretenimiento para lo que queda del mes o descansar de hombres o salir a disfrutar con mis amigas.


Horóscopo chino

© Marieta Alonso Más

domingo, 26 de noviembre de 2017

Amantes de mis cuentos: La ausencia

La Playa de Almería - Darío Regoyos y Valdés
Óleo sobre lienzo, pintado el año 1882 


¡Querido hijo!

Hace seis meses que me hablaron de una balsa que no llegó a su destino. Hace seis meses que en mi locura me arrojé ante un camión. Y desde entonces me senté a esperar tu llamada, tal como me dijiste que harías al llegar. Hoy cumplirías treinta años. Parece que fue ayer cuando te asomaste entre mis piernas. 

Esta mañana me detuve largo rato ante tu foto. Tenías cinco años. La alcancía cayó desde lo alto del aparador de la cocina y no nos quedó más remedio que hacernos un regalo. Para ti compré una ambulancia blanca con una cruz roja. ¿La recuerdas? Tenía una sirena tan estridente que hasta en el parque resultaba molesta. Para mí, una máquina de fotos con su peculiar click. Aún la conservo.

La vecina viene todas las mañanas, ha colocado un cordel desde mi cama pasando por la terraza hasta su casa. Cuando la necesito tiro de él y a ella le suena una campanilla. Claro que podría llamarla a gritos, pero así tiene mayor encanto, me explicó. Tu tía llega del trabajo al caer la tarde. Ha venido a vivir conmigo. Cada día que pasa me voy defendiendo mejor con esta silla que se ha convertido en mis piernas.

Por las noches oigo las olas que se deslizan a través de las grietas de aquellas rocas quebradas de la bahía, que tanto te gustaba alcanzar nadando. Su rumor me recuerda a ti. ¡Añoro tantas cosas! De pequeño sentado en mi regazo, con el vaivén de la mecedora te quedabas adormilado. Ahora estoy, como toda una señora, con una manta y un vacío sobre las rodillas. 

He pensado que tú y yo deberíamos tener un secreto. Escribiré dos cartas, dos veces por semana. Una por la mañana que irá dirigida a ti y otra al atardecer que será para mí.

En la tuya iré contando lo que ocurre en el barrio, cómo les va a tus amigos y te haré miles de preguntas. En la otra vendrán las respuestas. No te preocupes por el qué dirán, pues nadie se va a enterar. Este es el plan: escribo, pego los sellos, abro la que viene a mi nombre y luego junto las dos y las rasgo en cachitos muy pequeños.

Te echo tanto de menos, hijo mío. Entre una carta y otra, piensa en mí con fuerza y sentirás los besos que te envío.

Mamá.





© Marieta Alonso Más

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Portadas de mis libros

Diseñadas por: Pablo Aguilera San Frutos 



¿Te gustan?

Pablo puede dibujar la tuya.

Ponte en contacto con él a través de:

aguilerasanfrutos@hotmail.com


domingo, 19 de noviembre de 2017

Amantes de mis cuentos: Sobre el anaquel

Samovar

El rumor del viento cada vez más fuerte brindaba esa sensación de frío que hacía arrebujarse en una manta y acercarse al samovar. Sentados a la mesa, frente a un cenicero de cristal de roca, el escritor y dramaturgo pensaba que los destellos del mismo iban al unísono de las voces de Sasha y Kolia.
Hablaban de dinero. Sasha su querido e inestable hermano daba cuenta de sus tribulaciones. Inteligente, más con ideas confusas, era un especialista en buscarse problemas. Su hermano Kolia, buen caricaturista y holgazán, entrelazaba sus quejas sin esperar su turno. Sus lúcidas mentes nunca les llevaron por un camino de responsabilidad, en su deambular, hallaron en el vodka mayor satisfacción.
El guirigay entre los dos hermanos llegó a su fin, despidiéndose después de haber conseguido lo que habían ido a buscar.
Quedó solo en la estancia. En la cocina se oían los ruidos habituales, la charla entre Eugenia, su resignada y llorosa madre y Masha, su absorbente hermana. Su mujer, Olga, se encontraba en San Petersburgo representando a Nina, la protagonista de una de sus obras. En una semana estarían juntos. Su recuerdo le hizo sonreír y un halo de tristeza le inundó por hallarse solo estando rodeado de tantas personas.
Con un suspiró se levantó en busca de papel. Nada mejor que escribir para ocupar su tiempo.
¿Qué estaría haciendo Olga? Quizás dormía después de una noche de trabajo, de cenas, de bailes. Terminaba agotada al tener que acostarse al amanecer. Era una mujer vital, apasionada. Una vez se enfadó con él cuando la llamó: “Mi fría alemana”. Su mujer le repetía hasta la saciedad que le amaba. Él sonreía… Y al igual que en sus cuentos no daba la razón ni la quitaba.
La verdadera pasión de su esposa era el teatro al que dedicaba más tiempo y esfuerzos. Era joven. Hablaba de remordimientos por abandonarle durante sus largas temporadas teatrales. Volvió a sonreír. El papel en blanco esperaba.
Levantó la mirada y sus ojos se posaron en la repisa donde un sobre llevaba escrito su nombre: Antón Pávlovich Chéjov. Sin dirección, sin sellos. Los ojos se le iluminaron, había encontrado un tema. Comenzó a escribir con parsimonia, lo corrigió una y otra vez… para legar al mundo uno de los cuentos más triste de Navidad.


© Marieta Alonso Más